domingo, 7 de junio de 2015

V.

Daniel fue el último que se metió en el backstage al terminar el concierto. Quiso disfrutar de su momento de gloria, por lo que se quedó un par de minutos saludando al público, que no dejaba de aplaudir y gritar entusiasmado. Por muy bien que sonara el grupo sin él, el encanto de Vlinder estaba escondido en su violín, y él era consciente de que eso atraía tanto a los aficionados como a las chicas. Cuando entró en el pequeño espacio cubierto por cortinas que habían habilitado detrás del escenario, vio cómo sus compañeros del grupo rodeaban a Sean y le atosigaban a preguntas.
– ¿Qué demonios ha sido eso, Sean? –Inquirió Mikael, el bajista– Parecías un mono aporreando unos tambores. –Paró para dar un trago a una botella de agua, pero en cuanto hubo terminado, siguió con su regañina.– Te has equivocado varias veces y nos has hecho equivocarnos a los demás. –Sean agachaba la cabeza mirando sin expresión alguna un trozo de papel que sujetaba entre sus manos.
– Vamos, vamos, Mikael, no seas tan duro con él. –Intervino Caroline, la cantante– Es posible que no se encuentre bien –miró preocupada a Sean.– ¿Ocurre algo? –sujetó con delicadeza el brazo de su compañero, quien apretó los labios y cerró los ojos justo cuando Ella intervino.
– No hace falta que le defiendas como siempre, Care. –dijo con tono cansado– Es obvio que le pasa algo, pero tiene que aprender a controlarse en los directos –añadió mirando a Sean con los ojos brillantes–.
– Tampoco ha estado tan mal –interrumpió Daniel.– Ahí afuera están gritando “Vlinder” y nos adoran –sonrió orgulloso, pero cambió el gesto al ver tan desanimado a Sean, y se acercó a él.– ¿Se puede saber qué te pasa?
– Es por la chica del poema –aventuró Ella.– He visto tu cara al ver cómo ella se marchaba llorando. Parecías Obi-Wan diciendo a Anakin que era el elegido. –Sean levantó la mirada para ver la sonrisa maliciosa de Ella justo antes de que Daniel saltara entre ambos y le sujetara de los hombros.–

– ¡¿Es ella?! –gritó– ¡La chica de la línea ocho!

sábado, 6 de junio de 2015

IV.

Leah fijó toda su concentración en no caerse mientras subía las escaleras hacia el escenario, con todo el público observándola entre aplausos tras la presentación de Kou. Notó como todo su cuerpo temblaba con cada paso, pero se dejó llevar, sujetando el trozo de papel como si fuera un amuleto que la guiaba. Cuando llegó al centro del escenario, su mirada se cruzó con la de Kou, que le guiñó un ojo de forma cómplice y le pasó el micrófono antes de bajar con el resto de asistentes. Un escalofrío recorrió su espalda, dejándola paralizada unos segundos antes de escuchar la voz Jace animándola desde el público. Al levantar la mirada, pudo ver a su hermano acompañado por sus amigos y por Jazz, que levantó el pulgar de su mano en señal de ánimo. Leah tomó aire y abrió el papel, recitando con la voz temblorosa:


¿Si yo soy tu sueño

por qué me siento sola
cuando me sueñas?

Llego arrastrándome

a tu boca cuando duermes
y no sé cómo empezar
a contarte una historia
que se parezca a ti
para que nunca sepas
que yo vivo contigo.

Los sueños somos

como las sombras,
pertenecemos a un solo cuerpo
pero queremos ser
otra persona...*


Sean se asomó por la cortina de detrás del escenario en cuanto escuchó su nombre. ¿Leah, su Leah, iba a recitar un poema? La vio de espaldas a él con un precioso vestido granate y el pelo recogido sobre la nuca. Aunque no podía verla de frente, parecía una muñeca frágil, hermosa y deslumbrante. Sus pies se movieron solos, como si inconscientemente quisiera contemplarla desde más cerca. Aquel poema era música para sus oídos y ella estaba tan maravillosa… Aunque la voz de Leah temblaba, las palabras del poema llegaban desde su corazón y le embriagaban a acercarse más. Dio unos cuantos pasos hasta que notó un tirón en las piernas y un estruendo le sacó de sus pensamientos justo a tiempo para ver cómo uno de los focos caía a pocos centímetros de Leah, que dio un traspié a causa del susto y cayó al suelo. Un par de gritos ahogados entre el público hicieron reaccionar a Sean, que intentó avanzar de nuevo para acercarse a la chica y comprobar que estaba bien, pero sus pies estaban enredados con el cable del foco que había caído. “¡Torpe! ¿Pero qué has hecho?”, se dijo a sí mismo intentando no caer. Pudo escuchar algunos murmullos que se empezaban hacerse eco por el público, seguidos de risas. Casi le daba vergüenza mirar, pero tenía que comprobar que Leah estaba bien… La gente había empezado a regocijarse de la situación y antes de poder acercarse a ella, pudo ver cómo Leah, tirada en el suelo, agachaba la cabeza y apretaba los puños. Aunque la bombilla del foco estaba rota a causa de la caída, Sean pudo ver las lágrimas que recorrían las mejillas de Leah y caían al suelo. El jaleo entre los asistentes se hizo más considerable, pero para cuando Kou y Jace subieron al escenario para ayudarla, Leah ya se había secado las lágrimas y se levantaba por su propio pie, tirando al suelo el arrugado papel que guardaba su poema. Hizo caso omiso a su hermano y a su mentor, bajó rápidamente las escaleras del escenario sin mirar absolutamente a nadie y fue directa hacia uno de los patios con menos gente.





Ella contempló cómo la chica del vestido se abría paso entre el público con la cabeza agachada, pero no lo suficiente como para ocultar sus lágrimas. Había ido a por el último micrófono que les faltaba para el concierto y llegó justo a tiempo para escuchar el recital y ver cómo Sean se enredaba con los cables del foco del escenario que casi aplasta a la muchacha que recitaba nerviosamente sus versos. La había reconocido desde que había subido al escenario, y aunque mientras escuchaba el poema no pudo evitar fruncir el ceño recordando el incidente del tren, ahora la miraba con lástima. “Te has lucido, Sean”, pensó para sí mientras avanzaba entre la gente que todavía se reía del incidente.




* Poema original de Ana Merino - http://amediavoz.com/merino.htm 

jueves, 7 de mayo de 2015

III.

Leah no podía dejar de arrugar y volver a alisar el papel que tenía entre las manos. En él tenía apuntado el poema que iba a recitar delante de su antiguo instituto; pero aquel papel era innecesario, pues se sabía el poema de memoria. Aun así, no podía evitar estar nerviosa porque no se le daba bien hablar delante de mucha gente: las manos le sudaban, le temblaba la voz, incluso temía por quedarse en blanco. Había estado esperando en el patio, viendo cómo la gente iba y venía desde los campos de baloncesto hacia el escenario que habían montado para la verbena. Al parecer, un grupo de exalumnos iba a tocar después de su recital, y aunque a ella no le hacía especial ilusión quedarse allí, Jace le había pedido que se quedara con él a escucharles. Una voz conocida le hizo salir de sus pensamientos, levantando la mirada para reconocer a su amiga Jazminda.
– ¿Estás nerviosa? –saludó ésta, colocando su mano de forma cariñosa en el hombro de Leah mientras se sentaba a su lado. Jazz había sido su mejor amiga desde que tenían siete años, sabía perfectamente que estaba atacada de los nervios y sabía que podía animarla un poco.– Lo harás genial. Lo sabes, ¿verdad? –le dedicó una de sus deslumbrantes y contagiosas sonrisas, haciendo que Leah curvara un poco los labios, más segura de sí misma.
– Ya sabes que no soy muy buena en público, pero lo haré lo mejor que pueda –respondió Leah con una voz apenas audible. – No sabía que ibas a venir, por cierto. –Murmuró mirando de nuevo hacia el barullo de gente que empezaba a agruparse en torno al escenario–.
– ¿Y perderme tu preciosa poesía? –Jazz soltó una risa nasal y acercó su rostro al de su amiga. – Después de que triunfes en el escenario, toca un grupo en vivo. Se llaman Vlinder y tienen un violinista, eso es todo lo que sé. –juntó sus manos con las de Leah y la miró con fascinación.– ¡Tenemos que quedarnos a bailar! –dijo con un tono entre suplicante y emocionado.

Leah se disponía a rechistar, pues aunque a Jazminda le encantara bailar (y lo hacía de forma espectacular), ella era totalmente arrítmica y sufría la inquisitiva mirada de la gente de alrededor cuando intentaba imitar los movimientos de su amiga; pero fue interrumpida por una voz que venía desde atrás.
– ¡Leah! ¡Mi maravillosa Erato! –saludó Kou, colocando sus enormes manos sobre los hombros de Leah, quien dio un pequeño brinco a causa de la sorpresa. Hacía tiempo que la llamaba como a la musa de la poesía lírica y amorosa, y aquel detalle ponía de los nervios a Leah, que se sonrojó cuando notó un pequeño apretón sobre sus hombros antes de que Kou se colocara delante de ella, la mirara detenidamente y después juntara su rostro a apenas unos centímetros del suyo. Leah notó como sus mejillas ardían mientras su ex profesor le miraba con admiración – Estás deslumbrante, y vas a hacerlo genial. –Desvió la mirada hacia Jazz, mirándola con complicidad– ¿No crees, Jazminda? –Mientras ésta asentía, Kou acarició la cara de Leah con delicadeza y la dedicó una última mirada cargada de calidez y apoyo. – Te veo en el escenario en diez minutos, Erato. –dijo antes de darse media vuelta y perderse entre la multitud.


– Vas a parecer una bombilla como subas así al escenario –bromeó Jazz con un tono malicioso, viendo cómo su amiga se sobresaltaba por el comentario y se sonrojaba más– Si no quieres decir lo que sientes, al menos sé un poco más discreta, Leah. –Aquel consejo se lo había repetido mil veces, cuando Leah por fin había aceptado que sentía algo más que admiración por su ex profesor de literatura, que siempre la trataba como una musa. Pero a Leah le costó asimilar aquellos sentimientos, y conociéndola, Jazz sabía que la posibilidad de que se sincerara con él era muy remota.– Buscaré a Jace entre el público para estar con él cuando termines. –Jazz se levantó y empezó a mirar a lo lejos, para reconocer la figura alta y esbelta de Jace entre las primeras filas. Antes de dirigirse hacia él, miró de nuevo a su amiga, que miraba al suelo y arrugaba el papel entre sus manos con fuerza.– ¿Estás bien? –al ver que Leah asentía despacio soltó un suspiro y se acuclilló para ponerse a su altura.– Demuéstrale a todo el mundo lo que vales. Yo estaré ahí apoyándote con Jace y Kou. –los ojos oscuros de Jazminda brillaron, transmitiendo fuerza a su amiga, que asintió de nuevo, esta vez con una sonrisa tímida.

miércoles, 6 de mayo de 2015

II.

– ¿Leah? –varios golpes repicaron sobre la puerta, haciendo que ella se levantara de un salto, con la mala suerte de caer directa sobre la alfombra del suelo. – ¡Leah! –gritó ahora su hermano, abriendo la puerta para descubrirla aún en el suelo, tocándose la cabeza ahí donde se había golpeado con la caída.
– Jace... –murmuró ella somnolienta, mirándole con los ojos entrecerrados, claramente molesta.– ¿Qué es lo que quieres? –juntó los labios en un gesto serio mientras se levantaba.
– No hace falta que me mires con tanto odio –musitó Jace con garbo– ¿No has visto qué hora es? Vas a llegar tarde a la verbena.
– Pero si son las… –empezó a decir ella mientras se giraba para mirar el reloj de la mesita. ¡Las siete y media! Antes de que pudiera reprocharle, Jace cerró la puerta y bajó las escaleras de forma ruidosa.– ¡El recital! –dijo con voz ahogada mientras corría al armario.
– Yo voy saliendo, ¡nos vemos después! –escuchó decir a Jace justo antes de que oír como la puerta de su casa se cerraba.
Leah cogió el vestido que había colgado sobre la puerta de su armario y se cambió lo más rápido que pudo. Se arregló el pelo con un moño sencillo mientras maldecía el momento en el que había decidido pasar la noche escribiendo en lugar de descansar para el recital. Llevaba todo el día durmiendo y su aspecto no era ni de lejos el que había imaginado para la verbena, pero al menos su padre no estaba en casa para entretenerla con preguntas incómodas sobre aquella apariencia tan formal que llevaba. No estaba acostumbrada a arreglarse tanto, ni tampoco a dar explicaciones a su padre. “Menudas pintas…”, pensó para sí al mirarse en el espejo de la entrada de su casa, justo antes de salir.
Llevaba un vestido granate que su hermano le había regalado por su cumpleaños. Hacía ya tiempo de eso, y aún no lo había estrenado. El mismo Jace le había sugerido que lo llevara puesto en el recital de poesía de la verbena del instituto. ¡Qué estupidez! Leah no le encontraba tanta importancia a aquel recital, pero sabía que era especial para Kou, su antiguo profesor de literatura y mentor, quien le había suplicado que recitara alguno de sus poemas en las fiestas del que fue su instituto durante dos años. Y si Kou se lo pidió, ella no pudo negarse.



La mochila se enganchó con la puerta del vagón al que Leah había subido para llegar a tiempo al instituto.
– Tu mochila –empezó a decir la muchacha que había subido antes que ella.– Está enganchada. –Musitó con desgana la chica mientras señalaba la cuerda atrapada entre las dos puertas.
Leah no se percató de que se estaban dirigiendo a ella hasta que el acompañante de la chica tiró de la cuerda de la mochila, haciendo que Leah se tambaleara hacia delante y empujara a la otra.
– ¡Cuidado! –se quejó ésta, claramente molesta, mientras miraba de arriba abajo a Leah. Fue a protestar de nuevo, pero vio que la torpe chica aún estaba sorprendida por el traspié justo cuando su acompañante se dirigía a ella.
– Ella, no seas tan brusca, la pobre chica estaba enganchada con las puertas –comenzó a decir.
– Lo sé, pero… –continuó Ella.
– Perdona –interrumpió Leah con un hilo de voz. No levantó la mirada para ver a quien se dirigía, por lo que ni siquiera se fijó en que ambos, algo mayores que ella, llevaban fundas de guitarra sobre la espalda. Estaba más preocupada por comprobar que el vestido no había sufrido daño alguno con las puertas. Suspiró aliviada cuando vio que aparentemente todo estaba en su sitio.
– Tsk –respondió Ella, girándose sobre sí misma para tomar un asiento libre del tren.
– Ella… –le siguió su acompañante–.
– Deja de regañarme, Max –se quejó ésta, cruzándose de brazos–.
– Sólo opino que estás un poco nerviosa porque vamos a tocar por primera vez en público –contestó él mientras veía como la muchacha del vestido se alejaba de ellos hacia otro asiento libre. – Por eso hoy eres un poco más…
– No soy borde, Max –terminó ella antes de colocarse los auriculares en las orejas y ponerse la música a todo volumen para no oír el suspiro que salió de la boca de Max.

Intentó cerrar los ojos y relajarse, pero no pudo dejar de mirar a la chica del vestido durante todo el viaje.

domingo, 3 de mayo de 2015

I.

Sean mordisqueaba el bolígrafo con el ceño fruncido, intentando concentrarse en vano.
 – Tío, no has escrito más de dos líneas –interrumpió Daniel mientras se asomaba a la mesa de su compañero y le miraba con una ceja levantada.– ¿Ocurre algo? Llevas toda la tarde como en otra galaxia. –Comentó cruzándose de brazos, dispuesto a escuchar a su amigo.
Sean arqueó las cejas y se sacó el bolígrafo de la boca, un poco confuso. Después suspiró y se llevó las manos a la cabeza para revolverse un poco su melena oscura.
– Verás, es esa chica… –comenzó a decir– No dejo de pensar en ella. –Mientras Daniel resoplaba, alzó el bolígrafo. – Mira, hoy se dejó esto en el andén y… –iba a añadir algo, pero se detuvo al ver cómo su compañero le miraba con expresión interrogante.
– ¿Me estás diciendo que estás mordisqueando el bolígrafo de la tía con la que estás obsesionado? Puaj, eso es…
–  ¡No estoy obsesionado! –protestó Sean–.
– Llevas dos años observándola –hizo un gesto de comillas con los dedos– Y nunca has sido capaz de decirle nada. Y cuando la ves, te tiras en las nubes horas y horas…  Además, ¿quién se supone que es? Ni siquiera la he visto. –le miró con los ojos entrecerrados, intentando adivinar lo que pasaba su cabeza. Realmente pensaba que Sean estaba un poco loco por no intentar nada con aquella misteriosa chica. ¿Qué problema había?
– Ya te he dicho mil veces que no es tan fácil… –Murmuró Sean mientras cerraba los ojos con fuerza y se masajeaba las sienes. – No puedo hablarle así como así.
Daniel chascó la lengua y se acercó más a su amigo, curvando sus labios en una maliciosa sonrisa.
– Apuesto a que ni siquiera sabes cómo se llama. –Bromeó antes de levantarse y recoger sus cosas. Mientras se acercaba a la puerta, alzó la voz. – ¡Más te vale haber escrito un buen puente para la canción para el viernes, o Ella te matará! –Dijo antes de desaparecer.
Sean suspiró y dejó caer su cabeza sobre el borde del respaldo de la silla. Miró al techo, pero no veía la pintura desconchada de su apartamento, ni la lámpara que colgaba encima de la mesa, ni la luz que entraba por la ventana…

– Leah… –Murmuró antes de cerrar los ojos. –