Daniel fue el último que se metió en el
backstage al terminar el concierto. Quiso disfrutar de su momento de gloria,
por lo que se quedó un par de minutos saludando al público, que no dejaba de
aplaudir y gritar entusiasmado. Por muy bien que sonara el grupo sin él, el
encanto de Vlinder estaba escondido en su violín, y él era consciente de que
eso atraía tanto a los aficionados como a las chicas. Cuando entró en el
pequeño espacio cubierto por cortinas que habían habilitado detrás del
escenario, vio cómo sus compañeros del grupo rodeaban a Sean y le atosigaban a
preguntas.
– ¿Qué demonios ha sido eso, Sean?
–Inquirió Mikael, el bajista– Parecías un mono aporreando unos tambores. –Paró
para dar un trago a una botella de agua, pero en cuanto hubo terminado, siguió
con su regañina.– Te has equivocado varias veces y nos has hecho equivocarnos a
los demás. –Sean agachaba la cabeza mirando sin expresión alguna un trozo de
papel que sujetaba entre sus manos.
– Vamos, vamos, Mikael, no seas tan duro
con él. –Intervino Caroline, la cantante– Es posible que no se encuentre bien
–miró preocupada a Sean.– ¿Ocurre algo? –sujetó con delicadeza el brazo de su
compañero, quien apretó los labios y cerró los ojos justo cuando Ella
intervino.
– No hace falta que le defiendas como
siempre, Care. –dijo con tono cansado– Es obvio que le pasa algo, pero tiene
que aprender a controlarse en los directos –añadió mirando a Sean con los ojos
brillantes–.
– Tampoco ha estado tan mal –interrumpió
Daniel.– Ahí afuera están gritando “Vlinder” y nos adoran –sonrió orgulloso,
pero cambió el gesto al ver tan desanimado a Sean, y se acercó a él.– ¿Se puede
saber qué te pasa?
– Es por la chica del poema –aventuró
Ella.– He visto tu cara al ver cómo ella se marchaba llorando. Parecías Obi-Wan
diciendo a Anakin que era el elegido. –Sean levantó la mirada para ver la
sonrisa maliciosa de Ella justo antes de que Daniel saltara entre ambos y le
sujetara de los hombros.–
– ¡¿Es ella?! –gritó– ¡La chica de la
línea ocho!
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