jueves, 7 de mayo de 2015

III.

Leah no podía dejar de arrugar y volver a alisar el papel que tenía entre las manos. En él tenía apuntado el poema que iba a recitar delante de su antiguo instituto; pero aquel papel era innecesario, pues se sabía el poema de memoria. Aun así, no podía evitar estar nerviosa porque no se le daba bien hablar delante de mucha gente: las manos le sudaban, le temblaba la voz, incluso temía por quedarse en blanco. Había estado esperando en el patio, viendo cómo la gente iba y venía desde los campos de baloncesto hacia el escenario que habían montado para la verbena. Al parecer, un grupo de exalumnos iba a tocar después de su recital, y aunque a ella no le hacía especial ilusión quedarse allí, Jace le había pedido que se quedara con él a escucharles. Una voz conocida le hizo salir de sus pensamientos, levantando la mirada para reconocer a su amiga Jazminda.
– ¿Estás nerviosa? –saludó ésta, colocando su mano de forma cariñosa en el hombro de Leah mientras se sentaba a su lado. Jazz había sido su mejor amiga desde que tenían siete años, sabía perfectamente que estaba atacada de los nervios y sabía que podía animarla un poco.– Lo harás genial. Lo sabes, ¿verdad? –le dedicó una de sus deslumbrantes y contagiosas sonrisas, haciendo que Leah curvara un poco los labios, más segura de sí misma.
– Ya sabes que no soy muy buena en público, pero lo haré lo mejor que pueda –respondió Leah con una voz apenas audible. – No sabía que ibas a venir, por cierto. –Murmuró mirando de nuevo hacia el barullo de gente que empezaba a agruparse en torno al escenario–.
– ¿Y perderme tu preciosa poesía? –Jazz soltó una risa nasal y acercó su rostro al de su amiga. – Después de que triunfes en el escenario, toca un grupo en vivo. Se llaman Vlinder y tienen un violinista, eso es todo lo que sé. –juntó sus manos con las de Leah y la miró con fascinación.– ¡Tenemos que quedarnos a bailar! –dijo con un tono entre suplicante y emocionado.

Leah se disponía a rechistar, pues aunque a Jazminda le encantara bailar (y lo hacía de forma espectacular), ella era totalmente arrítmica y sufría la inquisitiva mirada de la gente de alrededor cuando intentaba imitar los movimientos de su amiga; pero fue interrumpida por una voz que venía desde atrás.
– ¡Leah! ¡Mi maravillosa Erato! –saludó Kou, colocando sus enormes manos sobre los hombros de Leah, quien dio un pequeño brinco a causa de la sorpresa. Hacía tiempo que la llamaba como a la musa de la poesía lírica y amorosa, y aquel detalle ponía de los nervios a Leah, que se sonrojó cuando notó un pequeño apretón sobre sus hombros antes de que Kou se colocara delante de ella, la mirara detenidamente y después juntara su rostro a apenas unos centímetros del suyo. Leah notó como sus mejillas ardían mientras su ex profesor le miraba con admiración – Estás deslumbrante, y vas a hacerlo genial. –Desvió la mirada hacia Jazz, mirándola con complicidad– ¿No crees, Jazminda? –Mientras ésta asentía, Kou acarició la cara de Leah con delicadeza y la dedicó una última mirada cargada de calidez y apoyo. – Te veo en el escenario en diez minutos, Erato. –dijo antes de darse media vuelta y perderse entre la multitud.


– Vas a parecer una bombilla como subas así al escenario –bromeó Jazz con un tono malicioso, viendo cómo su amiga se sobresaltaba por el comentario y se sonrojaba más– Si no quieres decir lo que sientes, al menos sé un poco más discreta, Leah. –Aquel consejo se lo había repetido mil veces, cuando Leah por fin había aceptado que sentía algo más que admiración por su ex profesor de literatura, que siempre la trataba como una musa. Pero a Leah le costó asimilar aquellos sentimientos, y conociéndola, Jazz sabía que la posibilidad de que se sincerara con él era muy remota.– Buscaré a Jace entre el público para estar con él cuando termines. –Jazz se levantó y empezó a mirar a lo lejos, para reconocer la figura alta y esbelta de Jace entre las primeras filas. Antes de dirigirse hacia él, miró de nuevo a su amiga, que miraba al suelo y arrugaba el papel entre sus manos con fuerza.– ¿Estás bien? –al ver que Leah asentía despacio soltó un suspiro y se acuclilló para ponerse a su altura.– Demuéstrale a todo el mundo lo que vales. Yo estaré ahí apoyándote con Jace y Kou. –los ojos oscuros de Jazminda brillaron, transmitiendo fuerza a su amiga, que asintió de nuevo, esta vez con una sonrisa tímida.

miércoles, 6 de mayo de 2015

II.

– ¿Leah? –varios golpes repicaron sobre la puerta, haciendo que ella se levantara de un salto, con la mala suerte de caer directa sobre la alfombra del suelo. – ¡Leah! –gritó ahora su hermano, abriendo la puerta para descubrirla aún en el suelo, tocándose la cabeza ahí donde se había golpeado con la caída.
– Jace... –murmuró ella somnolienta, mirándole con los ojos entrecerrados, claramente molesta.– ¿Qué es lo que quieres? –juntó los labios en un gesto serio mientras se levantaba.
– No hace falta que me mires con tanto odio –musitó Jace con garbo– ¿No has visto qué hora es? Vas a llegar tarde a la verbena.
– Pero si son las… –empezó a decir ella mientras se giraba para mirar el reloj de la mesita. ¡Las siete y media! Antes de que pudiera reprocharle, Jace cerró la puerta y bajó las escaleras de forma ruidosa.– ¡El recital! –dijo con voz ahogada mientras corría al armario.
– Yo voy saliendo, ¡nos vemos después! –escuchó decir a Jace justo antes de que oír como la puerta de su casa se cerraba.
Leah cogió el vestido que había colgado sobre la puerta de su armario y se cambió lo más rápido que pudo. Se arregló el pelo con un moño sencillo mientras maldecía el momento en el que había decidido pasar la noche escribiendo en lugar de descansar para el recital. Llevaba todo el día durmiendo y su aspecto no era ni de lejos el que había imaginado para la verbena, pero al menos su padre no estaba en casa para entretenerla con preguntas incómodas sobre aquella apariencia tan formal que llevaba. No estaba acostumbrada a arreglarse tanto, ni tampoco a dar explicaciones a su padre. “Menudas pintas…”, pensó para sí al mirarse en el espejo de la entrada de su casa, justo antes de salir.
Llevaba un vestido granate que su hermano le había regalado por su cumpleaños. Hacía ya tiempo de eso, y aún no lo había estrenado. El mismo Jace le había sugerido que lo llevara puesto en el recital de poesía de la verbena del instituto. ¡Qué estupidez! Leah no le encontraba tanta importancia a aquel recital, pero sabía que era especial para Kou, su antiguo profesor de literatura y mentor, quien le había suplicado que recitara alguno de sus poemas en las fiestas del que fue su instituto durante dos años. Y si Kou se lo pidió, ella no pudo negarse.



La mochila se enganchó con la puerta del vagón al que Leah había subido para llegar a tiempo al instituto.
– Tu mochila –empezó a decir la muchacha que había subido antes que ella.– Está enganchada. –Musitó con desgana la chica mientras señalaba la cuerda atrapada entre las dos puertas.
Leah no se percató de que se estaban dirigiendo a ella hasta que el acompañante de la chica tiró de la cuerda de la mochila, haciendo que Leah se tambaleara hacia delante y empujara a la otra.
– ¡Cuidado! –se quejó ésta, claramente molesta, mientras miraba de arriba abajo a Leah. Fue a protestar de nuevo, pero vio que la torpe chica aún estaba sorprendida por el traspié justo cuando su acompañante se dirigía a ella.
– Ella, no seas tan brusca, la pobre chica estaba enganchada con las puertas –comenzó a decir.
– Lo sé, pero… –continuó Ella.
– Perdona –interrumpió Leah con un hilo de voz. No levantó la mirada para ver a quien se dirigía, por lo que ni siquiera se fijó en que ambos, algo mayores que ella, llevaban fundas de guitarra sobre la espalda. Estaba más preocupada por comprobar que el vestido no había sufrido daño alguno con las puertas. Suspiró aliviada cuando vio que aparentemente todo estaba en su sitio.
– Tsk –respondió Ella, girándose sobre sí misma para tomar un asiento libre del tren.
– Ella… –le siguió su acompañante–.
– Deja de regañarme, Max –se quejó ésta, cruzándose de brazos–.
– Sólo opino que estás un poco nerviosa porque vamos a tocar por primera vez en público –contestó él mientras veía como la muchacha del vestido se alejaba de ellos hacia otro asiento libre. – Por eso hoy eres un poco más…
– No soy borde, Max –terminó ella antes de colocarse los auriculares en las orejas y ponerse la música a todo volumen para no oír el suspiro que salió de la boca de Max.

Intentó cerrar los ojos y relajarse, pero no pudo dejar de mirar a la chica del vestido durante todo el viaje.

domingo, 3 de mayo de 2015

I.

Sean mordisqueaba el bolígrafo con el ceño fruncido, intentando concentrarse en vano.
 – Tío, no has escrito más de dos líneas –interrumpió Daniel mientras se asomaba a la mesa de su compañero y le miraba con una ceja levantada.– ¿Ocurre algo? Llevas toda la tarde como en otra galaxia. –Comentó cruzándose de brazos, dispuesto a escuchar a su amigo.
Sean arqueó las cejas y se sacó el bolígrafo de la boca, un poco confuso. Después suspiró y se llevó las manos a la cabeza para revolverse un poco su melena oscura.
– Verás, es esa chica… –comenzó a decir– No dejo de pensar en ella. –Mientras Daniel resoplaba, alzó el bolígrafo. – Mira, hoy se dejó esto en el andén y… –iba a añadir algo, pero se detuvo al ver cómo su compañero le miraba con expresión interrogante.
– ¿Me estás diciendo que estás mordisqueando el bolígrafo de la tía con la que estás obsesionado? Puaj, eso es…
–  ¡No estoy obsesionado! –protestó Sean–.
– Llevas dos años observándola –hizo un gesto de comillas con los dedos– Y nunca has sido capaz de decirle nada. Y cuando la ves, te tiras en las nubes horas y horas…  Además, ¿quién se supone que es? Ni siquiera la he visto. –le miró con los ojos entrecerrados, intentando adivinar lo que pasaba su cabeza. Realmente pensaba que Sean estaba un poco loco por no intentar nada con aquella misteriosa chica. ¿Qué problema había?
– Ya te he dicho mil veces que no es tan fácil… –Murmuró Sean mientras cerraba los ojos con fuerza y se masajeaba las sienes. – No puedo hablarle así como así.
Daniel chascó la lengua y se acercó más a su amigo, curvando sus labios en una maliciosa sonrisa.
– Apuesto a que ni siquiera sabes cómo se llama. –Bromeó antes de levantarse y recoger sus cosas. Mientras se acercaba a la puerta, alzó la voz. – ¡Más te vale haber escrito un buen puente para la canción para el viernes, o Ella te matará! –Dijo antes de desaparecer.
Sean suspiró y dejó caer su cabeza sobre el borde del respaldo de la silla. Miró al techo, pero no veía la pintura desconchada de su apartamento, ni la lámpara que colgaba encima de la mesa, ni la luz que entraba por la ventana…

– Leah… –Murmuró antes de cerrar los ojos. –

sábado, 2 de mayo de 2015

Prólogo




Mientras Leah esperaba al tren, sacó su agenda y su bolígrafo y comenzó a escribir. No llevaba más de seis líneas cuando, tras un largo suspiro, tachó lo escrito y arrugó la página del pequeño cuaderno. Se rascó la cabeza con gesto ausente y volvió la atención a la escritura, pero de nuevo no se sintió satisfecha con su trabajo, por lo que cerró la agenda con impaciencia y la guardó en su mochila de tela justo cuando el tren entraba en el andén donde ella esperaba. Con otro suspiro, se levantó de su asiento y se subió al tren sin percatarse de que había olvidado su bolígrafo en el banco donde había estado sentada.


Sean apenas tuvo tiempo de reaccionar, pues contemplaba a la muchacha desde unos metros atrás, observando de forma embelesada cómo ella movía nerviosamente el bolígrafo por el papel. Nunca había visto sus ojos de forma directa; en aquel momento se contentaba con mirar el fascinante cabello ondulado que caía por la espalda de la chica. Como tantas otras veces, se había quedado mirándola tan fascinado y absorto, que no tuvo tiempo de reaccionar y avisarle de que había olvidado el bolígrafo sobre el banco. Pero sí que tuvo tiempo para contemplar una última vez a la chica desde el andén. El tren comenzó a moverse justo cuando Leah, sentada dentro, alzaba la mirada para cruzarla con la de Sean, que, todavía en el andén, sujetaba el bolígrafo con fuerza.