miércoles, 6 de mayo de 2015

II.

– ¿Leah? –varios golpes repicaron sobre la puerta, haciendo que ella se levantara de un salto, con la mala suerte de caer directa sobre la alfombra del suelo. – ¡Leah! –gritó ahora su hermano, abriendo la puerta para descubrirla aún en el suelo, tocándose la cabeza ahí donde se había golpeado con la caída.
– Jace... –murmuró ella somnolienta, mirándole con los ojos entrecerrados, claramente molesta.– ¿Qué es lo que quieres? –juntó los labios en un gesto serio mientras se levantaba.
– No hace falta que me mires con tanto odio –musitó Jace con garbo– ¿No has visto qué hora es? Vas a llegar tarde a la verbena.
– Pero si son las… –empezó a decir ella mientras se giraba para mirar el reloj de la mesita. ¡Las siete y media! Antes de que pudiera reprocharle, Jace cerró la puerta y bajó las escaleras de forma ruidosa.– ¡El recital! –dijo con voz ahogada mientras corría al armario.
– Yo voy saliendo, ¡nos vemos después! –escuchó decir a Jace justo antes de que oír como la puerta de su casa se cerraba.
Leah cogió el vestido que había colgado sobre la puerta de su armario y se cambió lo más rápido que pudo. Se arregló el pelo con un moño sencillo mientras maldecía el momento en el que había decidido pasar la noche escribiendo en lugar de descansar para el recital. Llevaba todo el día durmiendo y su aspecto no era ni de lejos el que había imaginado para la verbena, pero al menos su padre no estaba en casa para entretenerla con preguntas incómodas sobre aquella apariencia tan formal que llevaba. No estaba acostumbrada a arreglarse tanto, ni tampoco a dar explicaciones a su padre. “Menudas pintas…”, pensó para sí al mirarse en el espejo de la entrada de su casa, justo antes de salir.
Llevaba un vestido granate que su hermano le había regalado por su cumpleaños. Hacía ya tiempo de eso, y aún no lo había estrenado. El mismo Jace le había sugerido que lo llevara puesto en el recital de poesía de la verbena del instituto. ¡Qué estupidez! Leah no le encontraba tanta importancia a aquel recital, pero sabía que era especial para Kou, su antiguo profesor de literatura y mentor, quien le había suplicado que recitara alguno de sus poemas en las fiestas del que fue su instituto durante dos años. Y si Kou se lo pidió, ella no pudo negarse.



La mochila se enganchó con la puerta del vagón al que Leah había subido para llegar a tiempo al instituto.
– Tu mochila –empezó a decir la muchacha que había subido antes que ella.– Está enganchada. –Musitó con desgana la chica mientras señalaba la cuerda atrapada entre las dos puertas.
Leah no se percató de que se estaban dirigiendo a ella hasta que el acompañante de la chica tiró de la cuerda de la mochila, haciendo que Leah se tambaleara hacia delante y empujara a la otra.
– ¡Cuidado! –se quejó ésta, claramente molesta, mientras miraba de arriba abajo a Leah. Fue a protestar de nuevo, pero vio que la torpe chica aún estaba sorprendida por el traspié justo cuando su acompañante se dirigía a ella.
– Ella, no seas tan brusca, la pobre chica estaba enganchada con las puertas –comenzó a decir.
– Lo sé, pero… –continuó Ella.
– Perdona –interrumpió Leah con un hilo de voz. No levantó la mirada para ver a quien se dirigía, por lo que ni siquiera se fijó en que ambos, algo mayores que ella, llevaban fundas de guitarra sobre la espalda. Estaba más preocupada por comprobar que el vestido no había sufrido daño alguno con las puertas. Suspiró aliviada cuando vio que aparentemente todo estaba en su sitio.
– Tsk –respondió Ella, girándose sobre sí misma para tomar un asiento libre del tren.
– Ella… –le siguió su acompañante–.
– Deja de regañarme, Max –se quejó ésta, cruzándose de brazos–.
– Sólo opino que estás un poco nerviosa porque vamos a tocar por primera vez en público –contestó él mientras veía como la muchacha del vestido se alejaba de ellos hacia otro asiento libre. – Por eso hoy eres un poco más…
– No soy borde, Max –terminó ella antes de colocarse los auriculares en las orejas y ponerse la música a todo volumen para no oír el suspiro que salió de la boca de Max.

Intentó cerrar los ojos y relajarse, pero no pudo dejar de mirar a la chica del vestido durante todo el viaje.

No hay comentarios:

Publicar un comentario