Mientras Leah esperaba al tren, sacó su
agenda y su bolígrafo y comenzó a escribir. No llevaba más de seis líneas
cuando, tras un largo suspiro, tachó lo escrito y arrugó la página del pequeño
cuaderno. Se rascó la cabeza con gesto ausente y volvió la atención a la
escritura, pero de nuevo no se sintió satisfecha con su trabajo, por lo que
cerró la agenda con impaciencia y la guardó en su mochila de tela justo cuando
el tren entraba en el andén donde ella esperaba. Con otro suspiro, se levantó
de su asiento y se subió al tren sin percatarse de que había olvidado su
bolígrafo en el banco donde había estado sentada.
Sean apenas tuvo tiempo de reaccionar,
pues contemplaba a la muchacha desde unos metros atrás, observando de forma
embelesada cómo ella movía nerviosamente el bolígrafo por el papel. Nunca había
visto sus ojos de forma directa; en aquel momento se contentaba con mirar el
fascinante cabello ondulado que caía por la espalda de la chica. Como tantas
otras veces, se había quedado mirándola tan fascinado y absorto, que no tuvo
tiempo de reaccionar y avisarle de que había olvidado el bolígrafo sobre el
banco. Pero sí que tuvo tiempo para contemplar una última vez a la chica desde
el andén. El tren comenzó a moverse justo cuando Leah, sentada dentro, alzaba
la mirada para cruzarla con la de Sean, que, todavía en el andén, sujetaba el
bolígrafo con fuerza.